jueves, 28 de agosto de 2014

No sé de dónde proviene esta obsesión contigo, no tengo idea quién eres, cuáles son tus intereses, tu manera de ver el mundo y la vida. Tengo prejuicios con respecto a ti, o tal vez debería llamar "ideales". Sí, creo que tengo idealizada una imagen de ti... Quién eres en realidad me pregunto cada vez que te diviso; qué complejidad guardará tu mente y tu corazón, cómo amarás, cómo te evadirás del mundo cada vez que lo necesitas, qué música, qué arte, qué literatura escogerás, cuál es tu concepción de lo humano y lo divino. Cuál es tu historia. En qué piensas cuando contemplas el cielo, un parque, un poema. En qué piensas cuando revisas la prensa, cuando ves al pobre, al rico. Qué te mueve en el mundo, qué te inspira, qué te gusta. Qué universo se esconde tras tus ojos, qué discursos se refugian en tu boca, qué textura será agradable para tus manos, qué sonidos para tus oídos, qué sueños cobija tu conciencia, qué acelera tus latidos y te quita el aliento... Para mí eres misterio, un camino paralelo, un rostro agradable, un enigma indescifrable, eres lo imposible, eres un hombre, eres un joven idealizado, eres palabras que no alcanzo a distinguir, eres miradas que-por timidez- trato de evadir... Qué eres, quién eres; quiero saberlo. Muero por saberlo.

jueves, 17 de julio de 2014

El pensamiento moderno, un proyecto que no perduró

A finales del siglo XV, el mundo era escenario de nuevos acontecimientos que cambiarían el transcurso de la historia de la humanidad; el hombre, lleno de fuerzas y esperanzas, comenzaba a aventurarse en un viaje que solo podía concebir como un ascenso, una emancipación definitiva del oscuro pasado inmediato. Los periodos que sucedieron al siglo ya mencionado, estuvieron marcados por la aparición de nuevos ideales y formas de pensar, los cuales apuntarían constantemente a la exaltación de la razón como el único motor de progreso y bienestar de todos los hombres. Pese a lo anterior, el ideal no perduró y lo que parecía ser una sólida estructura yacería en el suelo durante el siglo venidero: guerras, machismo, eurocentrismo; fueron varios los fenómenos que el mundo contemporáneo comenzó a vivir y discernir, y que en definitiva, apuntarían a modificar el rumbo de los enaltecidos ideales forjados hasta ese entonces. El proyecto moderno no cumplió con lo que prometió, la adorada razón humana no resultó ser la máxima directriz que conduciría a los hombres a la plenitud; los problemas que rodearon (y rodean) a la humanidad no siempre pudieron ser solucionados por la ciencia, por muy exacta que ésta fuere.
De esta manera es que en este ensayo resulta pertinente señalar a grandes rasgos cuál era el contexto y el pensamiento que dominó en aquel periodo denominado “moderno”, y, posteriormente, revisar aquellos hechos que propiciaron la caída de las esperanzas y certezas que se levantaron en ese entonces. En ese sentido se hará alusión a algunos autores que dejan en evidencia la pérdida de sentido del ser humano y la nueva mentalidad que envuelve a las sociedades contemporáneas, todas ya, alejadas de la fe ciega en la razón.      
Cogito ergo sum, ésta se convirtió en la expresión símbolo de la nueva consciencia que comenzó a forjarse y a teñir todo el pensamiento moderno: el hombre comenzó a buscar nuevas respuestas, unas que estuvieran distanciadas de los tradicionalismos y autoridades que durante tanto tiempo habían impuesto verdades universales, las cuales, la mayoría de las veces, carecían de cimientos sólidos. Descartes, en su Discurso del Método exponía la importancia de la subjetividad y comenzaba a edificar la importancia de la razón como el elemento más certero de la realidad. Pero esto no surgía de manera aislada; “Los años en que Descartes se forma y piensa su propuesta (…) el mundo crecía día a día ante las proas de los barcos y ante las lentes de los primeros telescopios (…) nuevas tierras, nuevos hombres, nuevos recursos (…)” (Quintás, 2009, pág 29). Por lo tanto se evidencia un contexto de dinamismo, donde la ciencia y la técnica toman un papel cada vez más importante en la vida social.
Por otro lado, la aparición del renacimiento implicó cambios importantes en torno al cómo se concebía el hombre en el universo. Influenciados por lo que antaño habían hecho los grecorromanos, comenzaron a rescatar las principales características del hombre de la antigüedad: el apego a lo humano, lo racional, lo universal. En esta época el sol desplazó a la Tierra del centro del cosmos, pero puso a la consciencia humana en la cúspide de la esperanza; el arte y la literatura así lo expresaba, el humanismo hacía su aparición. Éste último, según Alfredo Floristán en Historia Moderna Universal (2005), “(…) debe entenderse como un nuevo modo de vivir, que subraya la inserción del hombre en el mundo (…) se busca conciliar la acción y contemplación, al tiempo que un ideal de hombre completo y polivalente” (pág. 57). Atrás quedó la autoridad, atrás quedó la ignorancia, atrás quedaba, también, el que era para los cristianos, su creador, Dios.
            En el siglo de las luces el panorama no cambió, en 1784 Immanuel Kant publicaba en Alemania ¿Qué es la Ilustración?, y  en sus escritos se evidenciaba lo que sería el sentir de toda una época; nuevamente se manifestaba la confianza ferviente al raciocinio. El autor exponía en pocas páginas la importancia de valerse de la razón, dejando a un lado toda “andadera” que le impidiera al ser humano “servirse de su propio entendimiento”. Una vez más la autoridad, la tradición y los dogmas religiosos quedaban renegados.
Hasta acá el panorama parece alentador, sin embargo cuando el siglo XVIII estaba llegando a su fin, y se daba inicio a uno nuevo, el mundo se paralizaba con las revoluciones más importantes de la historia de la humanidad: La Revolución Industrial y la Revolución Francesa. En la primera de ella se manifestaba el triunfo de la técnica y la ciencia a través de las innovaciones tecnológicas que permitían la movilización de recursos y personas como nunca antes se había visto; mientras que en la segunda, cuyos precursores estaban fuertemente influenciados por los ideales ilustrados de libertad, igualdad y fraternidad, se daba el puntapié inicial que acabaría con los Estados absolutistas que durante tanto tiempo habían gobernado. Ambos hechos insinuaban pasos importantes para la sociedad; uno implicaba el aumento en el bienestar material y económico de todas las personas; el otro, la libertad del pueblo que durante tanto tiempo había sido oprimido por un gobierno déspota y egoísta. ¿Nos encontrábamos frente a acontecimientos que permitirían una nueva etapa en el camino del culto a la razón? No exactamente. Estos hechos parecen manifestarse como el híbrido que combinaría el apogeo de la racionalidad, la libertad y la individualidad del ser humano; con otra variable, aquella que implicaba los primeros pasos de la decadencia de estos mismos
            En primer lugar, la revolución industrial arrastró consigo una ola de beneficios, pero también, quizás en un número mayor, de problemas. Este hecho significó el inicio de múltiples fenómenos que fomentarían las desigualdades sociales: el enriquecimiento de unos pocos y la miseria extrema de una mayoría; “(…) [con la Revolución Industrial]  hubo importantes alteraciones en las condiciones de vida y trabajo, las cuales no siempre estuvieron acordes con el progreso material y económico de toda la población (…) las condiciones de vida eran muy duras, casi inhumanas.” (Silva y Mata de Grossi, 2005, pág. 231). De esta manera nos encontramos con los primeros “excluidos” de la estructura que emerge del ideal de razón y progreso humano. Las máquinas hacían su aparición y el hombre, tímidamente, comenzaba a ser desplazado. La movilidad se iba coartando; ya no caminaba sobre los campos, ahora se encontraba encerrado en cuatro paredes, haciendo mínimos movimientos que lo hacían súbdito de un nuevo amo: la maquinaria. ¿Libertad, razón, emancipación? ¿Humanidad? “El hombre se consideraba como una máquina más, la cual solo se alimentaba de un tipo diferente de combustible” (Silva y Mata de Grossi, 2005,        pág. 232). Las primeras grietas del proyecto moderno hacían su primera aparición. La situación, de aquí en adelante, no mejoraría.
            El siglo XIX, por su parte, sería escenario de un acelerado desarrollo científico, y una exacerbación cada vez mayor de los nacionalismos. En esta época el hombre europeo seguía sintiéndose amo y señor del universo, y los avances tecnológicos y económicos que se vivían comenzaron a repercutir de manera negativa en los pueblos no-europeos que pronto sintieron la opresión de quien colonizaba sus tierras para sacarle el máximo provecho. Las desigualdades ya no solo se manifestaban de manera interna en cada nación, sino entre cada una de ellas; el afán de superioridad y el cada vez mayor etnocentrismo terminarían encendiendo la primera de las dos guerras más terribles que recuerde la humanidad.
            Cuando se llega a este hecho, ya no hay dudas: la razón y todo lo que sobre ella se construyó quedaba sumergida entre los cuerpos de niños, mujeres y soldados caídos; se convertía en un fantasma que observaba indiferente las ruinas del campo de guerra y las frías trincheras.
            Se llega al momento de mencionar lo que Edmund Husserl manifiesta en La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental. En este escrito, el autor expone que la ciencia está en crisis, y no por sus métodos internos, los cuales, para la mayoría de los humanos sigue siendo válida, sino por el sentido y los objetivos que ésta posee, en donde, a diferencia de lo que ocurría en sus inicios (cuando en la época renacentista se quería rescatar los valores del mundo antiguo, y junto con ello, la búsqueda por el bien del hombre); en la actualidad se manifestaba totalmente abstraída del mundo “real”, enceguecida por cumplir métodos y reglas internas, indiferente a los sentidos y a la experiencia del hombre en el mundo. “Ahora estamos seguros de que el racionalismo del siglo XVIII, su modo de querer ganar la sustentabilidad exigida a la humanidad europea, era una ingenuidad” (Husserl, pág. 59). Se aprecia entonces un desencanto por aquel invento del hombre para comprender el mundo.
            No resulta extraño lo que este filósofo expone, puesto que durante el siglo XX la ciencia no solo se olvidó del bienestar del ser humano, sino que además, se puso en contra de éste. La ciencia llegó a un punto donde se vio totalmente doblegada frente a los intereses de los más poderosos; se crearon máquinas y métodos que apuntaron a la destrucción, al dolor, a la muerte, a la aniquilación de las personas. El sol, que siglos antes había sido testigo de la invención de telescopios y medicamentos que tenían como objetivo una mejora en la calidad de vida y, un servicio fiel al bienestar del ser humano; ahora observaba aviones y tanques lanzando misiles sobre pueblos que nada tenían que ver con las rencillas de quienes se movían en la cúspide social. El hombre contemporáneo se paraba tambaleante, se sacudía el polvo de sus ropas, miraba hacia atrás y luego comenzaba a pensar en una nueva alternativa que le devolviera el sentido a su propia existencia. No sería una labor fácil. No sería fácil encontrar otra alternativa cuando durante tantos siglos se creía que la humanidad estaba segura bajo el alero de la razón y el progreso indefinido.
            Todo este contexto no resultó indiferente para los pensadores de la posguerra, por el contrario, fue un material valioso para criticar aquellas premisas que sus antecesores habían propuesto. Incluso antes de la Gran Guerra, ya se hacía presente un sentir diferente al de siglos atrás. Nietzsche lo expresaba en algunas líneas de Sobre verdad y mentira en sentido extramoral; acá, el filósofo fue enfático en señalar la imposibilidad del hombre, un ser débil frente a las otras bestias, de hallar la verdad. El hombre solo conocía metáforas, y la capacidad de fingir era aquello que le daba la posibilidad de sobrevivir. Frente a esto nuevamente se podría considerar lo relacionado con las ciencias, ya que se trata de elementos abstractos: conceptos, fórmulas, definiciones que solo existen en la medida que el hombre existe; la ciencia, por lo tanto, parece poseer un valor inferior al que los hombres modernos le otorgaron.
Por otro lado, durante el periodo entreguerras emergía una nueva teoría que seguiría socavando la confianza en la razón, el progreso y la capacidad humana. Sigmund Freud revelaba nuevas concepciones en torno al valor de lo humano, en donde, nuevamente, no había buenas noticias. El psicoanalista presentó la teoría que terminaría por acabar con la confianza pregonada por los modernos, en donde se creyó que el hombre era dueño de sí, de su mente y cuerpo. El especialista no dudó en señalar que el hombre poseía, dentro de su mente, espacios a los cuales nunca tendría acceso, lo que además, influían en su comportamiento: el hombre ya no es dueño de sí, incluso dentro de él es controlado involuntariamente. ¿La razón humana lo puede todo? Ante esta interrogante Freud daba una respuesta negativa.
A estas alturas el ser humano se presenta con un valor muy distinto al que se exponía en los albores del renacimiento; ni él ni sus inventos lograron complacer a la humanidad, no pudo otorgar sentido ni bienestar al hombre; sí, lo intentó, pero fracasó. La modernidad y todas sus premisas prefirieron guardar silencio frente al horror generado por el desarrollo científico y económico en el siglo XIX y XX. Europa enterraba a sus muertos, el culto a la razón también buscaba su ataúd. ¿A quién reclamarle?
En definitiva, este acotado recorrido por la historia ha hecho reafirmar la idea de que todas las expectativas pertenecientes a las mentalidades europeas del siglo XVI en adelante no son más que sueños ilusorios a partir de la época contemporánea. Las catástrofes mostraron aquel lado oscuro de la racionalidad (¿o irracionalidad?) del hombre, quien no dudó a la hora de saquear y esclavizar otros continentes, quien no dudó en dejar a algunos enriquecerse grotescamente, frente a la muerte por hambre y cansancio de otros; éste tampoco dudó a la hora de lanzar bombas atómicas y usar a la ciencia como aliada que otorga la legitimidad de torturar y reducir a cenizas a quienes, por “razones científicas”, eran considerados una raza inferior.
Las repercusiones de esta pérdida de confianza en la racionalidad han tenido lugar hasta nuestros días. El hombre actual prefiere vivir seducido, rápido; le otorga importancia a cosas que le den placer a sus sentidos, no se interesa en la búsqueda del bienestar social porque ante esto posiciona el bienestar propio. El hombre actual, no cree en el progreso indefinido; le cuesta creer en la divinidad, pero también en la razón humana; el sentido de la existencia es algo que no se detiene a pensar, porque, en vez de eso, prefiere evadir esos cuestionamientos, ver el reality show, o salir a comprar al mall. Muchos pueden cuestionar la sociedad en la que vivimos, todas tan dominadas por el materialismo, la individualidad y la competencia; pero si consideramos todo lo anterior, nos daremos cuenta de que el hombre no tiene muchas alternativas para elegir. El hombre prefiere esa vida porque vive con el miedo constante de que una tercera guerra puede acabar con todo; el pasado le dijo en un comienzo que todo era posible, pero en algún momento cambió de opinión y se transformó en nada más y nada menos que polvo suspendido en el aire.








           








Blibliografía
-              Floristán, A. (2002) Historia Moderna Universal. España Barcelona: Editorial Ariel

-              Freud, S. (1917) Una dificultad del psicoanálisis.

-              Husserl, E. (2008). La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental. Buenos Aires, Argentina: Prometeo Libros.

-             Kant, I. (1786) ¿Qué es la Ilustración?

-              Nietzsche, F. (1970) Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Buenos Aires: Obras Completas, vol. I, Ediciones Prestigio.

-             Quintás, G. (dir.) (2009). Descartes. Leyendo el Discurso del método. Valencia: Universitat de Valencia. Servei de Publicacions.

-             Silva, A., Mata de Grossi, M. (2005) La llamada Revolución Industrial. Caracas: Universidad Católica Andrés Bello.



martes, 15 de julio de 2014



Mente, cuerpo, alma; qué somos, criaturas indefensas anhelando la verdad, anhelando un beso, un te quiero; anhelando sentir, vivir lo que se sueña, evitar el sufrimiento. ¿Qué somos, además de lamentos?  libros inacabados, libros incompletos que un escritor se aburrió de escribir. Somos latidos, somos imágenes y recuerdos, recuerdos y pasado; humanos y esclavos; esclavos de elegir algo, esclavos del cuerpo y el olvido repentino. Qué somos, criaturas débiles, en buscar de amor y espacio, en busca de juventud, en busca de sentido. Qué somos, un cuestionario no resuelto, un amuleto en el universo. No somos nada, pero somos todo, todo lo que tenemos para comprendernos, somos carne y huesos, pero también somos conciencia, conciencia que carga, que envenena; que envuelve, que libera ¿qué somos? no entiendo. Gritos, auxilio, mar, fuego. Qué complejo. Qué somos, me pregunto mirándome al espejo, me pregunto cada vez que leo tus versos, cada vez que quiero tus besos. No sé, no entiendo, qué complejo. Palabras, eso somos, palabras que alguien pronunció, palabras que quedaron flotando en el viento pero no se disolvieron. Somos música y arrepentimientos, somos buscadores de estrofas y rimas, también artistas y rutinas. Aburrimiento y quejumbre, también somos eso; somos lo que no somos y lo que fuimos; somos lo que imaginamos, lo que pensamos y sentimos; pero qué, qué somos? Somos respiro, sangre viajera, ¿somo viajes? viajes interiores, exteriores, intercontinentales, intergalácticos, ¿intersexuales? ¿intermentales? Somos contradicciones, somos buenos deseos, a veces. Somos cínicos. Somos secretos. ¿somos realmente? Tal vez no somos lo que pensamos que somos, y la verdad e que no hay verdad que diga qué y por qué somos algo. Somos hermanos, somos amigos, somos lobos contra lobos, no sé, qué raro, qué difícil, qué complejo. ¿Somos o soy? Mar de gente indiferente. Mirar sin ver. Hablar sin pensar. Ser sin vivir. Qué somos, me pregunto mientras las aves cantan a lo lejos.


Anhelo vivir.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Te espero

No tardes más, que no me quedan más momentos por imaginar.
Acelera tus pasos estés como estés,
que el tiempo no espera y la juventud no es eterna.
Camina por ese pasaje cuyo fin me pertenece,
que mi corazón fue creado para amarte
y enceguecidos han de ser mis ojos para alguien más.
No dudes, que yo sí espero, 
porque mis latidos no son en vano y mi voz esconde canciones sólo para ti.
Con el viento te he enviado suspiros para que me encuentres por fin,
y con mis ojos rastreo tus pasos, que quizás han de estar lejanos;
pero el destino tiene un veredicto, un lugar ameno donde sólo tú y yo hemos de vivir.



viernes, 13 de julio de 2012

Una historia


Caminaba distraída, el mundo me parecía tan superficial, me sentía agobiada en medio de almas incompatibles luciendo máscaras y atuendos de colores, sólo por aparentar. En medio de tanto ser insípido, creí que nunca hallaría algo especial, creí que tendría que unirme a esa corriente de sentimientos sintéticos e ineludibles. Bajo esos lamentos me encontraba cuando en medio de la multitud una silueta llamó mi atención, al comienzo no supe distinguir bien, pero a medida que se acercaba supe que era la de un individuo que, a diferencia del resto, no parecía tener miedo de mostrar sus ojos. Todo se hizo invisible cuando él  me miró y sonrió.
Con algo de recelo al comienzo, le hablé, lo invité a pasar a mi mundo y le enseñé mis pensamientos, le sonreí mientras sostenía anécdotas y experiencias en mis manos, le obsequié algunos secretos y una liviandad que no compartía hace tiempo. Sentía tanto regocijo de tener su atención, y el saber que también había titubado en seguir su recorrido cuando me vio, era algo que llenaba mis pulmones y me hacía olvidar el frívolo mundo en el cual estábamos insertos. Inocentemente me preguntaba si era amor lo que estaba sintiendo, una interrogante que me arrebataba días enteros. La idea de que el universo no se equivocaba cuando vinculaba a dos personas, fue un pensamiento que convertí en ley de vida cuando dialogué con él por primera vez. Qué tonta.
El tiempo, que no necesita consejos para trabajar, pasó; pasó incluso cuando yo le supliqué que detuviera sus pasos. En aquel momento recordé que nada es eterno, y es que claro, a esas alturas ya había olvidado el libreto que rige al teatro de la vida, y supe con tristeza, que en su historia, yo debía bajar del escenario. Me negué desesperadamente, pensé que esa historia sería maravillosa si seguíamos compartiendo nuestros sueños, nuestro día a día, nuestras formas infantiles y maduras a la vez; pero no, ¿por qué insistía en pensar que todo era correcto? Su manera de hablar, su forma de expresar, su sutileza a la hora de escuchar era lo que enceguecía mi razón y me hacía sentir llena de placidez. ¿Él lo sabía? No tengo idea.
Ya estaba lejos del suelo cuando las luces comenzaron a descender y la música cambió su tonalidad; yo, yo quería seguir oyendo, su voz me seguía pareciendo encantadora pese a que se me hacía cada vez más remota. Nadie comprendía que anhelaba hasta los huesos que siguiéramos descubriendo nuestras habilidades, nuestros defectos, todo lo que éramos y lo que jamás podríamos ser.  Pero la oscuridad no dudó y se comenzó a apoderar de nuestro alrededor señalando el lúgubre momento: lo tenía que dejar. ¡Qué forzosa e injusta fue aquella decisión del universo!
Me sentí tan cándida, no pude evitar derramar algunas lágrimas, cuestionándome de manera aleatoria que quizás no había luchado lo suficiente para conservar su compañía, o que a lo mejor su final feliz se escondía tras los ojos de alguien más (fue casi imposible autoconvencerme de lo último). Continué, tratando de crear un mundo nuevo, ese que de alguna u otra forma me inspiró él, ¿qué tan difícil podía ser? Y bueno, aunque algo edifiqué, de vez en cuando aparecían destellos de todo lo que ese individuo fue en mi vida. Pero en definitiva, me obligué a creer que efectivamente el universo no había errado, que esos dos seres deambulantes en un mundo tan difuso, tan sedientos de amor y palabras honestas, debían mirarse en aquel momento, porque tras ese hecho existía una voluntad (pienso que divina), que no halló otra manera de arrastrarnos al camino, ese auténtico camino que-pese a estar paralelos el uno del otro-, a ambos nos conduciría al verdadero encuentro con nuestra ansiada felicidad. 

viernes, 14 de octubre de 2011

.



Carezco de palabras técnicas, científicas y poéticas para decir que te extraño
Carezco de madurez y de interés para escribir cada palabra sin pensar en ti
Carezco de realidad y sensatez para no pensar que algo de mí queda en tu recuerdo
Carezco de mentira y frialdad para no poder pronunciar un "te quiero"
Carezco de indiferencia e incredulidad para dejar de creer que quizás te pueda ver una vez más
Carezco de razón y voluntad cada vez que te pretendo olvidar
¡¿Qué me importaría a mí, carecer de toda trivialidad si tú a mi lado pudieras estar?!
Carezco de ti, eso es lo único que lamento.

viernes, 19 de agosto de 2011

Anhelo


Quiero embriagarme con poesías, quiero empaparme bajo la lluvia, quiero llorar hasta que el llanto se aburra y me invada la risa; quiero dejar todo por amor, quiero olvidar, quiero que no exista futuro, quiero desahogarme con un par de acordes, quiero sumergirme en una canción, evadir la envidia, la vanidad, las cosas que no son del corazón; quiero desnudar tus secretos, quiero correr, bailar con el viento, quiero palpar un árbol, fabricar mundos con decenas de versos; quiero alojar en un bosque, quiero ver con los ojos cerrados lo que a nadie le interesa ver, quiero sanar mis oídos de expresiones frívolas, quiero recorrer  un parque bajo las estrellas, quiero escalar tus pensamientos, enamorarme de la luna y su mar de misterios; quiero derribar las apariencias y aquello que entorpece la verdad; quiero caminar sobre tu alma y construir ahí una habitación, quiero hacer una promesa y concretarla, quiero aventurarme en una carrera y llegar a la meta, quiero que no sea necesaria la lástima y la comprensión, quiero que desaparezcan los mitos de nuestra existencia, quiero viajar al país de tu esencia, quiero abrazarme a la felicidad y no soltarme de ella, quiero descifrar lo que expresa la naturaleza, quiero aferrarme a un Ser Superior, quiero sentir miedo, sentir deseo y  eso que llaman locura, quiero que mi ser se encienda !y viva la vida!, quiero agotar la imaginación, quiero regalarte una sonrisa y qué tu me regales una mirada, quiero gritar ¡te amo! aunque no sepa donde te escondes, quiero buscarte, quiero hallarte... Quiero buscarme, quiero hallarme...

sábado, 18 de junio de 2011

¡Renuncio!

Hoy me propuse renunciar.
Renuncio a la ficción,
renuncio a la frialdad,
renuncio a tu verdad,
y a la imaginación.
Renuncio a los lamentos,
renuncio a la tristeza,
renuncio a mi mentira, y la tuya igual.
Renuncio sin mirar atrás.
Renuncio segura de que a mí renunciarás
Renuncio a quedarme sentada y sólo escuchar.
Renuncio a tus palabras,
renuncio a mi sentir y al engaño de tu mirada.
Renuncio a las ingenuas ilusiones,
a los desvelos, y a tu mundo idealizado...

Ya no tengo dudas de renunciar a ti.




miércoles, 25 de mayo de 2011

Agosto

El cielo gris de aquella mañana de agosto, hacía predecir que la lluvia estaba próxima a caer. Jaime Luis Huenún bien lo sabía, vivía en aquel pueblo desde el día de su nacimiento, hace unos 60 años aproximadamente. Luego de que su esposa falleciera, era un hombre solitario, frío, adicto al tabaco y a la yerba mate. Trabajaba produciendo carbón en aquel inmenso campo que su padre le había heredado, dedicando gran parte de su tiempo en hacer aquella labor. Pero esta actividad no era la única que lo movía en ese entonces, Jaime era además, autor de hermosos poemas. Su prolongada soledad lo había empujado a refugiarse en la poesía, en donde el campo, la montaña, el clima y un pasado misericordioso, eran la mejor fuente de inspiración.
Agosto era para el longevo hombre, el mes ideal para escribir. Fue un día de agosto cuando Esmeralda, su esposa, había dejado para siempre el mundo material. Con ella había tenido un hijo, Luis. Jaime los amaba como pocas cosas había amado en su vida, era un hombre que sentía mucho, pero expresaba poco. Amaba la naturaleza. A Luis por su parte, nunca le había llamado la atención seguir los pasos de su padre, para él el mundo de verdad estaba afuera, más allá de los bosques y las montañas. Por eso, un día, sin avisar a nadie, tomó sus pertenencias y se marchó en busca de lo que él consideraba “vida”, hecho que por cierto, también había ocurrido en el octavo mes del año.
Jaime luchaba día a día por no guardar resentimientos, por no convertirse en una roca sin emociones, luchaba por seguir amando su campo, ese que durante tanto tiempo había sido escenario de almuerzos familiares, de vastas conversaciones bajo las estrellas,  la atmosfera perfecta que había cobijado sus introvertidos lapsos de alegría. Porque el presente era distinto, era frío, era silencioso y solitario, pero él, con su amparo hecho de estrofas y versos, se negaba constantemente a aceptarlo como tal. Veía en cada metáfora o hipérbole una escapatoria a esa realidad, que a estas alturas, todo el mundo miraba con lástima y compasión. Escribía y escribía, como si su respiración estuviera compuesta de palabras y rimas.
Luego de varios años viviendo del campo y de los poemas, Jaime se encontraba postrado en una cama, solo, rodeado de sus cientos de escritos. Daba la sensación de que alguien más estaba presente en aquel viejo cuarto. La lluvia se manifestaba violentamente afuera, como expresando su dolor por aquel hombre que en tantos poemas la había alabado y enaltecido. A las 16 horas Jaime Luis Huenún daba su último respiro, le decía adiós al mundo con una, casi imperceptible, sonrisa en el rostro. Un fuerte portazo se escuchó desde el fondo, unos veloces pasos, y luego, unos cuantos sollozos. Luis ya contemplaba el cuerpo sin vida de su progenitor. Corrió hacia él, le beso las manos y lloró. Tomó una de las cuantas hojas y leyó aquella que llevaba por título Hijo, te extraño. Transcurría el último día de agosto.