viernes, 13 de julio de 2012

Una historia


Caminaba distraída, el mundo me parecía tan superficial, me sentía agobiada en medio de almas incompatibles luciendo máscaras y atuendos de colores, sólo por aparentar. En medio de tanto ser insípido, creí que nunca hallaría algo especial, creí que tendría que unirme a esa corriente de sentimientos sintéticos e ineludibles. Bajo esos lamentos me encontraba cuando en medio de la multitud una silueta llamó mi atención, al comienzo no supe distinguir bien, pero a medida que se acercaba supe que era la de un individuo que, a diferencia del resto, no parecía tener miedo de mostrar sus ojos. Todo se hizo invisible cuando él  me miró y sonrió.
Con algo de recelo al comienzo, le hablé, lo invité a pasar a mi mundo y le enseñé mis pensamientos, le sonreí mientras sostenía anécdotas y experiencias en mis manos, le obsequié algunos secretos y una liviandad que no compartía hace tiempo. Sentía tanto regocijo de tener su atención, y el saber que también había titubado en seguir su recorrido cuando me vio, era algo que llenaba mis pulmones y me hacía olvidar el frívolo mundo en el cual estábamos insertos. Inocentemente me preguntaba si era amor lo que estaba sintiendo, una interrogante que me arrebataba días enteros. La idea de que el universo no se equivocaba cuando vinculaba a dos personas, fue un pensamiento que convertí en ley de vida cuando dialogué con él por primera vez. Qué tonta.
El tiempo, que no necesita consejos para trabajar, pasó; pasó incluso cuando yo le supliqué que detuviera sus pasos. En aquel momento recordé que nada es eterno, y es que claro, a esas alturas ya había olvidado el libreto que rige al teatro de la vida, y supe con tristeza, que en su historia, yo debía bajar del escenario. Me negué desesperadamente, pensé que esa historia sería maravillosa si seguíamos compartiendo nuestros sueños, nuestro día a día, nuestras formas infantiles y maduras a la vez; pero no, ¿por qué insistía en pensar que todo era correcto? Su manera de hablar, su forma de expresar, su sutileza a la hora de escuchar era lo que enceguecía mi razón y me hacía sentir llena de placidez. ¿Él lo sabía? No tengo idea.
Ya estaba lejos del suelo cuando las luces comenzaron a descender y la música cambió su tonalidad; yo, yo quería seguir oyendo, su voz me seguía pareciendo encantadora pese a que se me hacía cada vez más remota. Nadie comprendía que anhelaba hasta los huesos que siguiéramos descubriendo nuestras habilidades, nuestros defectos, todo lo que éramos y lo que jamás podríamos ser.  Pero la oscuridad no dudó y se comenzó a apoderar de nuestro alrededor señalando el lúgubre momento: lo tenía que dejar. ¡Qué forzosa e injusta fue aquella decisión del universo!
Me sentí tan cándida, no pude evitar derramar algunas lágrimas, cuestionándome de manera aleatoria que quizás no había luchado lo suficiente para conservar su compañía, o que a lo mejor su final feliz se escondía tras los ojos de alguien más (fue casi imposible autoconvencerme de lo último). Continué, tratando de crear un mundo nuevo, ese que de alguna u otra forma me inspiró él, ¿qué tan difícil podía ser? Y bueno, aunque algo edifiqué, de vez en cuando aparecían destellos de todo lo que ese individuo fue en mi vida. Pero en definitiva, me obligué a creer que efectivamente el universo no había errado, que esos dos seres deambulantes en un mundo tan difuso, tan sedientos de amor y palabras honestas, debían mirarse en aquel momento, porque tras ese hecho existía una voluntad (pienso que divina), que no halló otra manera de arrastrarnos al camino, ese auténtico camino que-pese a estar paralelos el uno del otro-, a ambos nos conduciría al verdadero encuentro con nuestra ansiada felicidad.