No sé de dónde proviene esta obsesión contigo, no tengo idea quién eres, cuáles son tus intereses, tu manera de ver el mundo y la vida. Tengo prejuicios con respecto a ti, o tal vez debería llamar "ideales". Sí, creo que tengo idealizada una imagen de ti... Quién eres en realidad me pregunto cada vez que te diviso; qué complejidad guardará tu mente y tu corazón, cómo amarás, cómo te evadirás del mundo cada vez que lo necesitas, qué música, qué arte, qué literatura escogerás, cuál es tu concepción de lo humano y lo divino. Cuál es tu historia. En qué piensas cuando contemplas el cielo, un parque, un poema. En qué piensas cuando revisas la prensa, cuando ves al pobre, al rico. Qué te mueve en el mundo, qué te inspira, qué te gusta. Qué universo se esconde tras tus ojos, qué discursos se refugian en tu boca, qué textura será agradable para tus manos, qué sonidos para tus oídos, qué sueños cobija tu conciencia, qué acelera tus latidos y te quita el aliento... Para mí eres misterio, un camino paralelo, un rostro agradable, un enigma indescifrable, eres lo imposible, eres un hombre, eres un joven idealizado, eres palabras que no alcanzo a distinguir, eres miradas que-por timidez- trato de evadir... Qué eres, quién eres; quiero saberlo. Muero por saberlo.
jueves, 28 de agosto de 2014
jueves, 17 de julio de 2014
El pensamiento moderno, un proyecto que no perduró
A finales del siglo XV, el mundo era escenario de nuevos acontecimientos que cambiarían el transcurso de la historia de la humanidad; el hombre, lleno de fuerzas y esperanzas, comenzaba a aventurarse en un viaje que solo podía concebir como un ascenso, una emancipación definitiva del oscuro pasado inmediato. Los periodos que sucedieron al siglo ya mencionado, estuvieron marcados por la aparición de nuevos ideales y formas de pensar, los cuales apuntarían constantemente a la exaltación de la razón como el único motor de progreso y bienestar de todos los hombres. Pese a lo anterior, el ideal no perduró y lo que parecía ser una sólida estructura yacería en el suelo durante el siglo venidero: guerras, machismo, eurocentrismo; fueron varios los fenómenos que el mundo contemporáneo comenzó a vivir y discernir, y que en definitiva, apuntarían a modificar el rumbo de los enaltecidos ideales forjados hasta ese entonces. El proyecto moderno no cumplió con lo que prometió, la adorada razón humana no resultó ser la máxima directriz que conduciría a los hombres a la plenitud; los problemas que rodearon (y rodean) a la humanidad no siempre pudieron ser solucionados por la ciencia, por muy exacta que ésta fuere.
A finales del siglo XV, el mundo era escenario de nuevos acontecimientos que cambiarían el transcurso de la historia de la humanidad; el hombre, lleno de fuerzas y esperanzas, comenzaba a aventurarse en un viaje que solo podía concebir como un ascenso, una emancipación definitiva del oscuro pasado inmediato. Los periodos que sucedieron al siglo ya mencionado, estuvieron marcados por la aparición de nuevos ideales y formas de pensar, los cuales apuntarían constantemente a la exaltación de la razón como el único motor de progreso y bienestar de todos los hombres. Pese a lo anterior, el ideal no perduró y lo que parecía ser una sólida estructura yacería en el suelo durante el siglo venidero: guerras, machismo, eurocentrismo; fueron varios los fenómenos que el mundo contemporáneo comenzó a vivir y discernir, y que en definitiva, apuntarían a modificar el rumbo de los enaltecidos ideales forjados hasta ese entonces. El proyecto moderno no cumplió con lo que prometió, la adorada razón humana no resultó ser la máxima directriz que conduciría a los hombres a la plenitud; los problemas que rodearon (y rodean) a la humanidad no siempre pudieron ser solucionados por la ciencia, por muy exacta que ésta fuere.
De esta manera es que
en este ensayo resulta pertinente señalar a grandes rasgos cuál era el contexto
y el pensamiento que dominó en aquel periodo denominado “moderno”, y,
posteriormente, revisar aquellos hechos que propiciaron la caída de las
esperanzas y certezas que se levantaron en ese entonces. En ese sentido se hará
alusión a algunos autores que dejan en evidencia la pérdida de sentido del ser
humano y la nueva mentalidad que envuelve a las sociedades contemporáneas,
todas ya, alejadas de la fe ciega en la razón.
Cogito
ergo sum, ésta se convirtió en la expresión símbolo de la
nueva consciencia que comenzó a forjarse y a teñir todo el pensamiento moderno:
el hombre comenzó a buscar nuevas respuestas, unas que estuvieran distanciadas
de los tradicionalismos y autoridades que durante tanto tiempo habían impuesto
verdades universales, las cuales, la mayoría de las veces, carecían de
cimientos sólidos. Descartes, en su Discurso
del Método exponía la importancia de la subjetividad y comenzaba a edificar
la importancia de la razón como el elemento más certero de la realidad. Pero
esto no surgía de manera aislada; “Los años en que Descartes se forma y piensa
su propuesta (…) el mundo crecía día a día ante las proas de los barcos y ante
las lentes de los primeros telescopios (…) nuevas tierras, nuevos hombres,
nuevos recursos (…)” (Quintás, 2009, pág 29). Por lo tanto se evidencia un
contexto de dinamismo, donde la ciencia y la técnica toman un papel cada vez
más importante en la vida social.
Por otro lado, la aparición
del renacimiento implicó cambios importantes en torno al cómo se concebía el
hombre en el universo. Influenciados por lo que antaño habían hecho los
grecorromanos, comenzaron a rescatar las principales características del hombre
de la antigüedad: el apego a lo humano, lo racional, lo universal. En esta
época el sol desplazó a la Tierra del centro del cosmos, pero puso a la
consciencia humana en la cúspide de la esperanza; el arte y la literatura así
lo expresaba, el humanismo hacía su aparición. Éste último, según Alfredo
Floristán en Historia Moderna Universal (2005),
“(…) debe entenderse como un nuevo modo de vivir, que subraya la inserción del
hombre en el mundo (…) se busca conciliar la acción y contemplación, al tiempo
que un ideal de hombre completo y polivalente” (pág. 57). Atrás quedó la
autoridad, atrás quedó la ignorancia, atrás quedaba, también, el que era para
los cristianos, su creador, Dios.
En
el siglo de las luces el panorama no cambió, en 1784 Immanuel Kant publicaba en
Alemania ¿Qué es la Ilustración?, y en sus escritos se evidenciaba lo que sería el
sentir de toda una época; nuevamente se manifestaba la confianza ferviente al
raciocinio. El autor exponía en pocas páginas la importancia de valerse de la
razón, dejando a un lado toda “andadera” que le impidiera al ser humano
“servirse de su propio entendimiento”. Una vez más la autoridad, la tradición y
los dogmas religiosos quedaban renegados.
Hasta acá el panorama
parece alentador, sin embargo cuando el siglo XVIII estaba llegando a su fin, y
se daba inicio a uno nuevo, el mundo se paralizaba con las revoluciones más
importantes de la historia de la humanidad: La Revolución Industrial y la
Revolución Francesa. En la primera de ella se manifestaba el triunfo de la
técnica y la ciencia a través de las innovaciones tecnológicas que permitían la
movilización de recursos y personas como nunca antes se había visto; mientras
que en la segunda, cuyos precursores estaban fuertemente influenciados por los
ideales ilustrados de libertad, igualdad
y fraternidad, se daba el puntapié inicial que acabaría con los Estados
absolutistas que durante tanto tiempo habían gobernado. Ambos hechos insinuaban
pasos importantes para la sociedad; uno implicaba el aumento en el bienestar
material y económico de todas las personas; el otro, la libertad del pueblo que
durante tanto tiempo había sido oprimido por un gobierno déspota y egoísta.
¿Nos encontrábamos frente a acontecimientos que permitirían una nueva etapa en
el camino del culto a la razón? No exactamente. Estos hechos parecen
manifestarse como el híbrido que combinaría el apogeo de la racionalidad, la
libertad y la individualidad del ser humano; con otra variable, aquella que
implicaba los primeros pasos de la decadencia de estos mismos
En
primer lugar, la revolución industrial arrastró consigo una ola de beneficios,
pero también, quizás en un número mayor, de problemas. Este hecho significó el
inicio de múltiples fenómenos que fomentarían las desigualdades sociales: el
enriquecimiento de unos pocos y la miseria extrema de una mayoría; “(…) [con la
Revolución Industrial] hubo importantes
alteraciones en las condiciones de vida y trabajo, las cuales no siempre
estuvieron acordes con el progreso material y económico de toda la población
(…) las condiciones de vida eran muy duras, casi inhumanas.” (Silva y Mata de
Grossi, 2005, pág. 231). De esta manera nos encontramos con los primeros
“excluidos” de la estructura que emerge del ideal de razón y progreso humano.
Las máquinas hacían su aparición y el hombre, tímidamente, comenzaba a ser
desplazado. La movilidad se iba coartando; ya no caminaba sobre los campos,
ahora se encontraba encerrado en cuatro paredes, haciendo mínimos movimientos
que lo hacían súbdito de un nuevo amo: la maquinaria. ¿Libertad, razón,
emancipación? ¿Humanidad? “El hombre se consideraba como una máquina más, la
cual solo se alimentaba de un tipo diferente de combustible” (Silva y Mata de
Grossi, 2005, pág. 232). Las
primeras grietas del proyecto moderno hacían su primera aparición. La situación,
de aquí en adelante, no mejoraría.
El
siglo XIX, por su parte, sería escenario de un acelerado desarrollo científico,
y una exacerbación cada vez mayor de los nacionalismos. En esta época el hombre
europeo seguía sintiéndose amo y señor del universo, y los avances tecnológicos
y económicos que se vivían comenzaron a repercutir de manera negativa en los
pueblos no-europeos que pronto sintieron la opresión de quien colonizaba sus
tierras para sacarle el máximo provecho. Las desigualdades ya no solo se
manifestaban de manera interna en cada nación, sino entre cada una de ellas; el
afán de superioridad y el cada vez mayor etnocentrismo terminarían encendiendo
la primera de las dos guerras más terribles que recuerde la humanidad.
Cuando
se llega a este hecho, ya no hay dudas: la razón y todo lo que sobre ella se
construyó quedaba sumergida entre los cuerpos de niños, mujeres y soldados caídos;
se convertía en un fantasma que observaba indiferente las ruinas del campo de
guerra y las frías trincheras.
Se
llega al momento de mencionar lo que Edmund Husserl manifiesta en La crisis de las ciencias europeas y la
fenomenología trascendental. En este escrito, el autor expone que la
ciencia está en crisis, y no por sus métodos internos, los cuales, para la
mayoría de los humanos sigue siendo válida, sino por el sentido y los objetivos
que ésta posee, en donde, a diferencia de lo que ocurría en sus inicios (cuando
en la época renacentista se quería rescatar los valores del mundo antiguo, y
junto con ello, la búsqueda por el bien del hombre); en la actualidad se
manifestaba totalmente abstraída del mundo “real”, enceguecida por cumplir
métodos y reglas internas, indiferente a los sentidos y a la experiencia del
hombre en el mundo. “Ahora estamos seguros de que el racionalismo del siglo
XVIII, su modo de querer ganar la sustentabilidad exigida a la humanidad
europea, era una ingenuidad” (Husserl, pág. 59). Se aprecia entonces un
desencanto por aquel invento del hombre para comprender el mundo.
No
resulta extraño lo que este filósofo expone, puesto que durante el siglo XX la
ciencia no solo se olvidó del bienestar del ser humano, sino que además, se
puso en contra de éste. La ciencia llegó a un punto donde se vio totalmente
doblegada frente a los intereses de los más poderosos; se crearon máquinas y
métodos que apuntaron a la destrucción, al dolor, a la muerte, a la
aniquilación de las personas. El sol, que siglos antes había sido testigo de la
invención de telescopios y medicamentos que tenían como objetivo una mejora en
la calidad de vida y, un servicio fiel al bienestar del ser humano; ahora
observaba aviones y tanques lanzando misiles sobre pueblos que nada tenían que
ver con las rencillas de quienes se movían en la cúspide social. El hombre
contemporáneo se paraba tambaleante, se sacudía el polvo de sus ropas, miraba
hacia atrás y luego comenzaba a pensar en una nueva alternativa que le
devolviera el sentido a su propia existencia. No sería una labor fácil. No
sería fácil encontrar otra alternativa cuando durante tantos siglos se creía
que la humanidad estaba segura bajo el alero de la razón y el progreso
indefinido.
Todo
este contexto no resultó indiferente para los pensadores de la posguerra, por
el contrario, fue un material valioso para criticar aquellas premisas que sus
antecesores habían propuesto. Incluso antes de la Gran Guerra, ya se hacía
presente un sentir diferente al de siglos atrás. Nietzsche lo expresaba en
algunas líneas de Sobre verdad y mentira
en sentido extramoral; acá, el filósofo fue enfático en señalar la
imposibilidad del hombre, un ser débil frente a las otras bestias, de hallar la
verdad. El hombre solo conocía metáforas, y la capacidad de fingir era aquello
que le daba la posibilidad de sobrevivir. Frente a esto nuevamente se podría
considerar lo relacionado con las ciencias, ya que se trata de elementos
abstractos: conceptos, fórmulas, definiciones que solo existen en la medida que
el hombre existe; la ciencia, por lo tanto, parece poseer un valor inferior al
que los hombres modernos le otorgaron.
Por otro lado, durante
el periodo entreguerras emergía una nueva teoría que seguiría socavando la
confianza en la razón, el progreso y la capacidad humana. Sigmund Freud
revelaba nuevas concepciones en torno al valor de lo humano, en donde,
nuevamente, no había buenas noticias. El psicoanalista presentó la teoría que
terminaría por acabar con la confianza pregonada por los modernos, en donde se
creyó que el hombre era dueño de sí, de su mente y cuerpo. El especialista no
dudó en señalar que el hombre poseía, dentro de su mente, espacios a los cuales
nunca tendría acceso, lo que además, influían en su comportamiento: el hombre
ya no es dueño de sí, incluso dentro de él es controlado involuntariamente. ¿La
razón humana lo puede todo? Ante esta interrogante Freud daba una respuesta
negativa.
A estas alturas el ser
humano se presenta con un valor muy distinto al que se exponía en los albores
del renacimiento; ni él ni sus inventos lograron complacer a la humanidad, no
pudo otorgar sentido ni bienestar al hombre; sí, lo intentó, pero fracasó. La
modernidad y todas sus premisas prefirieron guardar silencio frente al horror
generado por el desarrollo científico y económico en el siglo XIX y XX. Europa
enterraba a sus muertos, el culto a la razón también buscaba su ataúd. ¿A quién
reclamarle?
En definitiva, este
acotado recorrido por la historia ha hecho reafirmar la idea de que todas las
expectativas pertenecientes a las mentalidades europeas del siglo XVI en
adelante no son más que sueños ilusorios a partir de la época contemporánea.
Las catástrofes mostraron aquel lado oscuro de la racionalidad (¿o
irracionalidad?) del hombre, quien no dudó a la hora de saquear y esclavizar
otros continentes, quien no dudó en dejar a algunos enriquecerse grotescamente,
frente a la muerte por hambre y cansancio de otros; éste tampoco dudó a la hora
de lanzar bombas atómicas y usar a la ciencia como aliada que otorga la
legitimidad de torturar y reducir a cenizas a quienes, por “razones
científicas”, eran considerados una raza inferior.
Las repercusiones de
esta pérdida de confianza en la racionalidad han tenido lugar hasta nuestros
días. El hombre actual prefiere vivir seducido, rápido; le otorga importancia a
cosas que le den placer a sus sentidos, no se interesa en la búsqueda del
bienestar social porque ante esto posiciona el bienestar propio. El hombre
actual, no cree en el progreso indefinido; le cuesta creer en la divinidad,
pero también en la razón humana; el sentido de la existencia es algo que no se
detiene a pensar, porque, en vez de eso, prefiere evadir esos cuestionamientos,
ver el reality show, o salir a
comprar al mall. Muchos pueden
cuestionar la sociedad en la que vivimos, todas tan dominadas por el
materialismo, la individualidad y la competencia; pero si consideramos todo lo
anterior, nos daremos cuenta de que el hombre no tiene muchas alternativas para
elegir. El hombre prefiere esa vida porque vive con el miedo constante de que
una tercera guerra puede acabar con todo; el pasado le dijo en un comienzo que
todo era posible, pero en algún momento cambió de opinión y se transformó en
nada más y nada menos que polvo suspendido en el aire.
Blibliografía
- Floristán,
A. (2002) Historia Moderna Universal.
España Barcelona: Editorial Ariel
- Freud,
S. (1917) Una dificultad del psicoanálisis.
- Husserl,
E. (2008). La crisis de las ciencias
europeas y la fenomenología trascendental. Buenos Aires, Argentina:
Prometeo Libros.
- Kant, I.
(1786) ¿Qué es la Ilustración?
- Nietzsche,
F. (1970) Sobre verdad y mentira en sentido
extramoral. Buenos Aires: Obras Completas, vol. I, Ediciones Prestigio.
- Quintás,
G. (dir.) (2009). Descartes. Leyendo el
Discurso del método. Valencia: Universitat de Valencia. Servei de
Publicacions.
- Silva,
A., Mata de Grossi, M. (2005) La llamada
Revolución Industrial. Caracas: Universidad Católica Andrés Bello.
martes, 15 de julio de 2014
Mente, cuerpo, alma; qué somos, criaturas indefensas anhelando la verdad, anhelando un beso, un te quiero; anhelando sentir, vivir lo que se sueña, evitar el sufrimiento. ¿Qué somos, además de lamentos? libros inacabados, libros incompletos que un escritor se aburrió de escribir. Somos latidos, somos imágenes y recuerdos, recuerdos y pasado; humanos y esclavos; esclavos de elegir algo, esclavos del cuerpo y el olvido repentino. Qué somos, criaturas débiles, en buscar de amor y espacio, en busca de juventud, en busca de sentido. Qué somos, un cuestionario no resuelto, un amuleto en el universo. No somos nada, pero somos todo, todo lo que tenemos para comprendernos, somos carne y huesos, pero también somos conciencia, conciencia que carga, que envenena; que envuelve, que libera ¿qué somos? no entiendo. Gritos, auxilio, mar, fuego. Qué complejo. Qué somos, me pregunto mirándome al espejo, me pregunto cada vez que leo tus versos, cada vez que quiero tus besos. No sé, no entiendo, qué complejo. Palabras, eso somos, palabras que alguien pronunció, palabras que quedaron flotando en el viento pero no se disolvieron. Somos música y arrepentimientos, somos buscadores de estrofas y rimas, también artistas y rutinas. Aburrimiento y quejumbre, también somos eso; somos lo que no somos y lo que fuimos; somos lo que imaginamos, lo que pensamos y sentimos; pero qué, qué somos? Somos respiro, sangre viajera, ¿somo viajes? viajes interiores, exteriores, intercontinentales, intergalácticos, ¿intersexuales? ¿intermentales? Somos contradicciones, somos buenos deseos, a veces. Somos cínicos. Somos secretos. ¿somos realmente? Tal vez no somos lo que pensamos que somos, y la verdad e que no hay verdad que diga qué y por qué somos algo. Somos hermanos, somos amigos, somos lobos contra lobos, no sé, qué raro, qué difícil, qué complejo. ¿Somos o soy? Mar de gente indiferente. Mirar sin ver. Hablar sin pensar. Ser sin vivir. Qué somos, me pregunto mientras las aves cantan a lo lejos.
Anhelo vivir.
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