jueves, 17 de julio de 2014

El pensamiento moderno, un proyecto que no perduró

A finales del siglo XV, el mundo era escenario de nuevos acontecimientos que cambiarían el transcurso de la historia de la humanidad; el hombre, lleno de fuerzas y esperanzas, comenzaba a aventurarse en un viaje que solo podía concebir como un ascenso, una emancipación definitiva del oscuro pasado inmediato. Los periodos que sucedieron al siglo ya mencionado, estuvieron marcados por la aparición de nuevos ideales y formas de pensar, los cuales apuntarían constantemente a la exaltación de la razón como el único motor de progreso y bienestar de todos los hombres. Pese a lo anterior, el ideal no perduró y lo que parecía ser una sólida estructura yacería en el suelo durante el siglo venidero: guerras, machismo, eurocentrismo; fueron varios los fenómenos que el mundo contemporáneo comenzó a vivir y discernir, y que en definitiva, apuntarían a modificar el rumbo de los enaltecidos ideales forjados hasta ese entonces. El proyecto moderno no cumplió con lo que prometió, la adorada razón humana no resultó ser la máxima directriz que conduciría a los hombres a la plenitud; los problemas que rodearon (y rodean) a la humanidad no siempre pudieron ser solucionados por la ciencia, por muy exacta que ésta fuere.
De esta manera es que en este ensayo resulta pertinente señalar a grandes rasgos cuál era el contexto y el pensamiento que dominó en aquel periodo denominado “moderno”, y, posteriormente, revisar aquellos hechos que propiciaron la caída de las esperanzas y certezas que se levantaron en ese entonces. En ese sentido se hará alusión a algunos autores que dejan en evidencia la pérdida de sentido del ser humano y la nueva mentalidad que envuelve a las sociedades contemporáneas, todas ya, alejadas de la fe ciega en la razón.      
Cogito ergo sum, ésta se convirtió en la expresión símbolo de la nueva consciencia que comenzó a forjarse y a teñir todo el pensamiento moderno: el hombre comenzó a buscar nuevas respuestas, unas que estuvieran distanciadas de los tradicionalismos y autoridades que durante tanto tiempo habían impuesto verdades universales, las cuales, la mayoría de las veces, carecían de cimientos sólidos. Descartes, en su Discurso del Método exponía la importancia de la subjetividad y comenzaba a edificar la importancia de la razón como el elemento más certero de la realidad. Pero esto no surgía de manera aislada; “Los años en que Descartes se forma y piensa su propuesta (…) el mundo crecía día a día ante las proas de los barcos y ante las lentes de los primeros telescopios (…) nuevas tierras, nuevos hombres, nuevos recursos (…)” (Quintás, 2009, pág 29). Por lo tanto se evidencia un contexto de dinamismo, donde la ciencia y la técnica toman un papel cada vez más importante en la vida social.
Por otro lado, la aparición del renacimiento implicó cambios importantes en torno al cómo se concebía el hombre en el universo. Influenciados por lo que antaño habían hecho los grecorromanos, comenzaron a rescatar las principales características del hombre de la antigüedad: el apego a lo humano, lo racional, lo universal. En esta época el sol desplazó a la Tierra del centro del cosmos, pero puso a la consciencia humana en la cúspide de la esperanza; el arte y la literatura así lo expresaba, el humanismo hacía su aparición. Éste último, según Alfredo Floristán en Historia Moderna Universal (2005), “(…) debe entenderse como un nuevo modo de vivir, que subraya la inserción del hombre en el mundo (…) se busca conciliar la acción y contemplación, al tiempo que un ideal de hombre completo y polivalente” (pág. 57). Atrás quedó la autoridad, atrás quedó la ignorancia, atrás quedaba, también, el que era para los cristianos, su creador, Dios.
            En el siglo de las luces el panorama no cambió, en 1784 Immanuel Kant publicaba en Alemania ¿Qué es la Ilustración?, y  en sus escritos se evidenciaba lo que sería el sentir de toda una época; nuevamente se manifestaba la confianza ferviente al raciocinio. El autor exponía en pocas páginas la importancia de valerse de la razón, dejando a un lado toda “andadera” que le impidiera al ser humano “servirse de su propio entendimiento”. Una vez más la autoridad, la tradición y los dogmas religiosos quedaban renegados.
Hasta acá el panorama parece alentador, sin embargo cuando el siglo XVIII estaba llegando a su fin, y se daba inicio a uno nuevo, el mundo se paralizaba con las revoluciones más importantes de la historia de la humanidad: La Revolución Industrial y la Revolución Francesa. En la primera de ella se manifestaba el triunfo de la técnica y la ciencia a través de las innovaciones tecnológicas que permitían la movilización de recursos y personas como nunca antes se había visto; mientras que en la segunda, cuyos precursores estaban fuertemente influenciados por los ideales ilustrados de libertad, igualdad y fraternidad, se daba el puntapié inicial que acabaría con los Estados absolutistas que durante tanto tiempo habían gobernado. Ambos hechos insinuaban pasos importantes para la sociedad; uno implicaba el aumento en el bienestar material y económico de todas las personas; el otro, la libertad del pueblo que durante tanto tiempo había sido oprimido por un gobierno déspota y egoísta. ¿Nos encontrábamos frente a acontecimientos que permitirían una nueva etapa en el camino del culto a la razón? No exactamente. Estos hechos parecen manifestarse como el híbrido que combinaría el apogeo de la racionalidad, la libertad y la individualidad del ser humano; con otra variable, aquella que implicaba los primeros pasos de la decadencia de estos mismos
            En primer lugar, la revolución industrial arrastró consigo una ola de beneficios, pero también, quizás en un número mayor, de problemas. Este hecho significó el inicio de múltiples fenómenos que fomentarían las desigualdades sociales: el enriquecimiento de unos pocos y la miseria extrema de una mayoría; “(…) [con la Revolución Industrial]  hubo importantes alteraciones en las condiciones de vida y trabajo, las cuales no siempre estuvieron acordes con el progreso material y económico de toda la población (…) las condiciones de vida eran muy duras, casi inhumanas.” (Silva y Mata de Grossi, 2005, pág. 231). De esta manera nos encontramos con los primeros “excluidos” de la estructura que emerge del ideal de razón y progreso humano. Las máquinas hacían su aparición y el hombre, tímidamente, comenzaba a ser desplazado. La movilidad se iba coartando; ya no caminaba sobre los campos, ahora se encontraba encerrado en cuatro paredes, haciendo mínimos movimientos que lo hacían súbdito de un nuevo amo: la maquinaria. ¿Libertad, razón, emancipación? ¿Humanidad? “El hombre se consideraba como una máquina más, la cual solo se alimentaba de un tipo diferente de combustible” (Silva y Mata de Grossi, 2005,        pág. 232). Las primeras grietas del proyecto moderno hacían su primera aparición. La situación, de aquí en adelante, no mejoraría.
            El siglo XIX, por su parte, sería escenario de un acelerado desarrollo científico, y una exacerbación cada vez mayor de los nacionalismos. En esta época el hombre europeo seguía sintiéndose amo y señor del universo, y los avances tecnológicos y económicos que se vivían comenzaron a repercutir de manera negativa en los pueblos no-europeos que pronto sintieron la opresión de quien colonizaba sus tierras para sacarle el máximo provecho. Las desigualdades ya no solo se manifestaban de manera interna en cada nación, sino entre cada una de ellas; el afán de superioridad y el cada vez mayor etnocentrismo terminarían encendiendo la primera de las dos guerras más terribles que recuerde la humanidad.
            Cuando se llega a este hecho, ya no hay dudas: la razón y todo lo que sobre ella se construyó quedaba sumergida entre los cuerpos de niños, mujeres y soldados caídos; se convertía en un fantasma que observaba indiferente las ruinas del campo de guerra y las frías trincheras.
            Se llega al momento de mencionar lo que Edmund Husserl manifiesta en La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental. En este escrito, el autor expone que la ciencia está en crisis, y no por sus métodos internos, los cuales, para la mayoría de los humanos sigue siendo válida, sino por el sentido y los objetivos que ésta posee, en donde, a diferencia de lo que ocurría en sus inicios (cuando en la época renacentista se quería rescatar los valores del mundo antiguo, y junto con ello, la búsqueda por el bien del hombre); en la actualidad se manifestaba totalmente abstraída del mundo “real”, enceguecida por cumplir métodos y reglas internas, indiferente a los sentidos y a la experiencia del hombre en el mundo. “Ahora estamos seguros de que el racionalismo del siglo XVIII, su modo de querer ganar la sustentabilidad exigida a la humanidad europea, era una ingenuidad” (Husserl, pág. 59). Se aprecia entonces un desencanto por aquel invento del hombre para comprender el mundo.
            No resulta extraño lo que este filósofo expone, puesto que durante el siglo XX la ciencia no solo se olvidó del bienestar del ser humano, sino que además, se puso en contra de éste. La ciencia llegó a un punto donde se vio totalmente doblegada frente a los intereses de los más poderosos; se crearon máquinas y métodos que apuntaron a la destrucción, al dolor, a la muerte, a la aniquilación de las personas. El sol, que siglos antes había sido testigo de la invención de telescopios y medicamentos que tenían como objetivo una mejora en la calidad de vida y, un servicio fiel al bienestar del ser humano; ahora observaba aviones y tanques lanzando misiles sobre pueblos que nada tenían que ver con las rencillas de quienes se movían en la cúspide social. El hombre contemporáneo se paraba tambaleante, se sacudía el polvo de sus ropas, miraba hacia atrás y luego comenzaba a pensar en una nueva alternativa que le devolviera el sentido a su propia existencia. No sería una labor fácil. No sería fácil encontrar otra alternativa cuando durante tantos siglos se creía que la humanidad estaba segura bajo el alero de la razón y el progreso indefinido.
            Todo este contexto no resultó indiferente para los pensadores de la posguerra, por el contrario, fue un material valioso para criticar aquellas premisas que sus antecesores habían propuesto. Incluso antes de la Gran Guerra, ya se hacía presente un sentir diferente al de siglos atrás. Nietzsche lo expresaba en algunas líneas de Sobre verdad y mentira en sentido extramoral; acá, el filósofo fue enfático en señalar la imposibilidad del hombre, un ser débil frente a las otras bestias, de hallar la verdad. El hombre solo conocía metáforas, y la capacidad de fingir era aquello que le daba la posibilidad de sobrevivir. Frente a esto nuevamente se podría considerar lo relacionado con las ciencias, ya que se trata de elementos abstractos: conceptos, fórmulas, definiciones que solo existen en la medida que el hombre existe; la ciencia, por lo tanto, parece poseer un valor inferior al que los hombres modernos le otorgaron.
Por otro lado, durante el periodo entreguerras emergía una nueva teoría que seguiría socavando la confianza en la razón, el progreso y la capacidad humana. Sigmund Freud revelaba nuevas concepciones en torno al valor de lo humano, en donde, nuevamente, no había buenas noticias. El psicoanalista presentó la teoría que terminaría por acabar con la confianza pregonada por los modernos, en donde se creyó que el hombre era dueño de sí, de su mente y cuerpo. El especialista no dudó en señalar que el hombre poseía, dentro de su mente, espacios a los cuales nunca tendría acceso, lo que además, influían en su comportamiento: el hombre ya no es dueño de sí, incluso dentro de él es controlado involuntariamente. ¿La razón humana lo puede todo? Ante esta interrogante Freud daba una respuesta negativa.
A estas alturas el ser humano se presenta con un valor muy distinto al que se exponía en los albores del renacimiento; ni él ni sus inventos lograron complacer a la humanidad, no pudo otorgar sentido ni bienestar al hombre; sí, lo intentó, pero fracasó. La modernidad y todas sus premisas prefirieron guardar silencio frente al horror generado por el desarrollo científico y económico en el siglo XIX y XX. Europa enterraba a sus muertos, el culto a la razón también buscaba su ataúd. ¿A quién reclamarle?
En definitiva, este acotado recorrido por la historia ha hecho reafirmar la idea de que todas las expectativas pertenecientes a las mentalidades europeas del siglo XVI en adelante no son más que sueños ilusorios a partir de la época contemporánea. Las catástrofes mostraron aquel lado oscuro de la racionalidad (¿o irracionalidad?) del hombre, quien no dudó a la hora de saquear y esclavizar otros continentes, quien no dudó en dejar a algunos enriquecerse grotescamente, frente a la muerte por hambre y cansancio de otros; éste tampoco dudó a la hora de lanzar bombas atómicas y usar a la ciencia como aliada que otorga la legitimidad de torturar y reducir a cenizas a quienes, por “razones científicas”, eran considerados una raza inferior.
Las repercusiones de esta pérdida de confianza en la racionalidad han tenido lugar hasta nuestros días. El hombre actual prefiere vivir seducido, rápido; le otorga importancia a cosas que le den placer a sus sentidos, no se interesa en la búsqueda del bienestar social porque ante esto posiciona el bienestar propio. El hombre actual, no cree en el progreso indefinido; le cuesta creer en la divinidad, pero también en la razón humana; el sentido de la existencia es algo que no se detiene a pensar, porque, en vez de eso, prefiere evadir esos cuestionamientos, ver el reality show, o salir a comprar al mall. Muchos pueden cuestionar la sociedad en la que vivimos, todas tan dominadas por el materialismo, la individualidad y la competencia; pero si consideramos todo lo anterior, nos daremos cuenta de que el hombre no tiene muchas alternativas para elegir. El hombre prefiere esa vida porque vive con el miedo constante de que una tercera guerra puede acabar con todo; el pasado le dijo en un comienzo que todo era posible, pero en algún momento cambió de opinión y se transformó en nada más y nada menos que polvo suspendido en el aire.








           








Blibliografía
-              Floristán, A. (2002) Historia Moderna Universal. España Barcelona: Editorial Ariel

-              Freud, S. (1917) Una dificultad del psicoanálisis.

-              Husserl, E. (2008). La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental. Buenos Aires, Argentina: Prometeo Libros.

-             Kant, I. (1786) ¿Qué es la Ilustración?

-              Nietzsche, F. (1970) Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Buenos Aires: Obras Completas, vol. I, Ediciones Prestigio.

-             Quintás, G. (dir.) (2009). Descartes. Leyendo el Discurso del método. Valencia: Universitat de Valencia. Servei de Publicacions.

-             Silva, A., Mata de Grossi, M. (2005) La llamada Revolución Industrial. Caracas: Universidad Católica Andrés Bello.



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