El cielo gris de aquella mañana de agosto, hacía predecir que la lluvia estaba próxima a caer. Jaime Luis Huenún bien lo sabía, vivía en aquel pueblo desde el día de su nacimiento, hace unos 60 años aproximadamente. Luego de que su esposa falleciera, era un hombre solitario, frío, adicto al tabaco y a la yerba mate. Trabajaba produciendo carbón en aquel inmenso campo que su padre le había heredado, dedicando gran parte de su tiempo en hacer aquella labor. Pero esta actividad no era la única que lo movía en ese entonces, Jaime era además, autor de hermosos poemas. Su prolongada soledad lo había empujado a refugiarse en la poesía, en donde el campo, la montaña, el clima y un pasado misericordioso, eran la mejor fuente de inspiración.
Agosto era para el longevo hombre, el mes ideal para escribir. Fue un día de agosto cuando Esmeralda, su esposa, había dejado para siempre el mundo material. Con ella había tenido un hijo, Luis. Jaime los amaba como pocas cosas había amado en su vida, era un hombre que sentía mucho, pero expresaba poco. Amaba la naturaleza. A Luis por su parte, nunca le había llamado la atención seguir los pasos de su padre, para él el mundo de verdad estaba afuera, más allá de los bosques y las montañas. Por eso, un día, sin avisar a nadie, tomó sus pertenencias y se marchó en busca de lo que él consideraba “vida”, hecho que por cierto, también había ocurrido en el octavo mes del año.
Jaime luchaba día a día por no guardar resentimientos, por no convertirse en una roca sin emociones, luchaba por seguir amando su campo, ese que durante tanto tiempo había sido escenario de almuerzos familiares, de vastas conversaciones bajo las estrellas, la atmosfera perfecta que había cobijado sus introvertidos lapsos de alegría. Porque el presente era distinto, era frío, era silencioso y solitario, pero él, con su amparo hecho de estrofas y versos, se negaba constantemente a aceptarlo como tal. Veía en cada metáfora o hipérbole una escapatoria a esa realidad, que a estas alturas, todo el mundo miraba con lástima y compasión. Escribía y escribía, como si su respiración estuviera compuesta de palabras y rimas.
Luego de varios años viviendo del campo y de los poemas, Jaime se encontraba postrado en una cama, solo, rodeado de sus cientos de escritos. Daba la sensación de que alguien más estaba presente en aquel viejo cuarto. La lluvia se manifestaba violentamente afuera, como expresando su dolor por aquel hombre que en tantos poemas la había alabado y enaltecido. A las 16 horas Jaime Luis Huenún daba su último respiro, le decía adiós al mundo con una, casi imperceptible, sonrisa en el rostro. Un fuerte portazo se escuchó desde el fondo, unos veloces pasos, y luego, unos cuantos sollozos. Luis ya contemplaba el cuerpo sin vida de su progenitor. Corrió hacia él, le beso las manos y lloró. Tomó una de las cuantas hojas y leyó aquella que llevaba por título Hijo, te extraño. Transcurría el último día de agosto.