Caminaba distraída, el mundo me
parecía tan superficial, me sentía agobiada en medio de almas incompatibles
luciendo máscaras y atuendos de colores, sólo por aparentar. En medio de tanto
ser insípido, creí que nunca hallaría algo especial, creí que tendría que
unirme a esa corriente de sentimientos sintéticos e ineludibles. Bajo esos
lamentos me encontraba cuando en medio de la multitud una silueta llamó mi
atención, al comienzo no supe distinguir bien, pero a medida que se acercaba
supe que era la de un individuo que, a diferencia del resto, no parecía tener
miedo de mostrar sus ojos. Todo se hizo invisible cuando él me miró y sonrió.
Con algo de recelo al comienzo,
le hablé, lo invité a pasar a mi mundo y le enseñé mis pensamientos, le sonreí
mientras sostenía anécdotas y experiencias en mis manos, le obsequié algunos
secretos y una liviandad que no compartía hace tiempo. Sentía tanto regocijo de
tener su atención, y el saber que también había titubado en seguir su recorrido
cuando me vio, era algo que llenaba mis pulmones y me hacía olvidar el frívolo
mundo en el cual estábamos insertos. Inocentemente me preguntaba si era amor lo
que estaba sintiendo, una interrogante que me arrebataba días enteros. La idea
de que el universo no se equivocaba cuando vinculaba a dos personas, fue un pensamiento
que convertí en ley de vida cuando dialogué con él por primera vez. Qué tonta.
El tiempo, que no necesita
consejos para trabajar, pasó; pasó incluso cuando yo le supliqué que detuviera
sus pasos. En aquel momento recordé que nada es eterno, y es que claro, a esas
alturas ya había olvidado el libreto que rige al teatro de la vida, y supe con
tristeza, que en su historia, yo debía bajar del escenario. Me negué
desesperadamente, pensé que esa historia sería maravillosa si seguíamos
compartiendo nuestros sueños, nuestro día a día, nuestras formas infantiles y
maduras a la vez; pero no, ¿por qué insistía en pensar que todo era correcto? Su
manera de hablar, su forma de expresar, su sutileza a la hora de escuchar era
lo que enceguecía mi razón y me hacía sentir llena de placidez. ¿Él lo sabía?
No tengo idea.
Ya estaba lejos del suelo cuando
las luces comenzaron a descender y la música cambió su tonalidad; yo, yo quería
seguir oyendo, su voz me seguía pareciendo encantadora pese a que se me hacía
cada vez más remota. Nadie comprendía que anhelaba hasta los huesos que
siguiéramos descubriendo nuestras habilidades, nuestros defectos, todo lo que
éramos y lo que jamás podríamos ser. Pero
la oscuridad no dudó y se comenzó a apoderar de nuestro alrededor señalando el
lúgubre momento: lo tenía que dejar. ¡Qué forzosa e injusta fue aquella
decisión del universo!
Me sentí tan cándida, no pude
evitar derramar algunas lágrimas, cuestionándome de manera aleatoria que quizás
no había luchado lo suficiente para conservar su compañía, o que a lo mejor su
final feliz se escondía tras los ojos de alguien más (fue casi imposible
autoconvencerme de lo último). Continué, tratando de crear un mundo nuevo, ese
que de alguna u otra forma me inspiró él, ¿qué tan difícil podía ser? Y bueno, aunque
algo edifiqué, de vez en cuando aparecían destellos de todo lo que ese
individuo fue en mi vida. Pero en definitiva, me obligué a creer que
efectivamente el universo no había errado, que esos dos seres deambulantes en
un mundo tan difuso, tan sedientos de amor y palabras honestas, debían mirarse
en aquel momento, porque tras ese hecho existía una voluntad (pienso que
divina), que no halló otra manera de arrastrarnos al camino, ese auténtico
camino que-pese a estar paralelos el uno del otro-, a ambos nos conduciría al
verdadero encuentro con nuestra ansiada felicidad.
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